Les traigo un interesante artículo sobre Michael, merece la pena leerlo.
El incomprendido poder de la música de Michael Jackson
Joseph Vogel
Su influencia hoy día demuestra que es uno de los más grandes creadores
de todos los tiempos, pero el trabajo de Jackson –como el de muchos
artistas negros- aún no consigue el completo respeto que merece.

Michael Jackson continúa entreteniendo. El Circo del Sol, Michael
Jackson Immortal World Tour. Incluso el espectáculo del intermedio de la
Super Bowl de Madonna fue escuchado atentamente en una tendencia
iniciada primeramente por Michael Jackson.
Pero hay otra parte crucial del legado de Jackson que merece atención:
su labor pionera como artista Afro-Americano trabajando en una industria
todavía plagada de segregación, representaciones estereotípicas o
ninguna representación.
Jackson nunca tuvo reparos acerca de sus aspiraciones. Quiso ser el
mejor. Cuando su altamente exitoso álbum Off the Wall (en 1981 fue el
álbum mejor vendido jamás por un artista negro) fue despreciado por los
Grammy Awards, solo alentó a Jackson a decidirse a crear algo mejor. Su
siguiente álbum, Thriller, se convirtió en el más vendido por ningún
artista de cualquier raza en la historia de la industria musical.
También estableció un record ganando siete premios Grammy, rompió las
barreras del color en la radio y la televisión y redefinió las
posibilidades de la música popular a una escala global.

Aún así, el escepticismo y la sospecha entre los críticos
(predominantemente blancos) tan solo creció. “No le van a perdonar
rápidamente por haber dado la vuelta a muchas mesas”, predijo James
Baldwin en 1985, “porque se llevó la recompensa sin ninguna duda y el
que saltó la banca de Montecarlo no tiene nada que hacer con Michael”.
Baldwin fue profético. Además de un aluvión de burlas referentes a su
inteligencia, raza, sexualidad, apariencia y comportamiento incluso su
éxito y ambición fueron usados por los críticos como evidencia de falta
de seriedad artística. Las críticas describían frecuentemente su trabajo
como “calculador”, “refinado” y “superficial”. Los críticos dirigentes
del rock como Dave Marsh y Greil Marcus, desestimaron notoriamente a
Jackson como el primer gran fenómeno de la música popular cuyo impacto
era más comercial que cultural. Elvis Presley, los Beatles y Bruce
Springsteen, proclamaban ellos, desafiaron y rediseñaron la sociedad.
Jackson simplemente vendía discos y entretenía.
No hay que hacer mucho esfuerzo para escuchar el trasfondo racial en tal
afirmación. Históricamente, este desprecio a los artistas negros (y a
los estilos negros) como algo en cierta forma carente de sustancia, es
profundo y significativo como vieja es América. Era común criticar los
espirituales (en relación a los himnos tradicionales), el jazz en los 20
y los 30, el R&B en los 50 y 60, el funk y el disco en los 70 y el
hip hop en los 80 y 90 (y todavía hoy). Los guardianes culturales no
solo fracasaron inicialmente en reconocer la legitimidad de estos nuevos
estilos y formas musicales, también tendieron a pasar por alto o a
reducir los logros de los hombres y mujeres Afro-Americanos que marcaron
nuevos caminos en ellos. El Rey del Jazz, para los críticos blancos, no
era Louis Armstrong, era Paul Whiteman; el Rey del Swing no era Duke
Ellington, era Benny Goodman; el Rey del Rock no era Chuck Berry o
Little Richard, era Elvis Presley.
Dada esta historia de coronación blanca, merece la pena reflexionar por
qué los medios se tomaron como un problema el referirse a Michael
Jackson como el Rey del Pop. Desde luego sus logros le hacían merecedor
de dicho título. Todavía hasta su muerte en 2009 muchos periodistas
insistían en referirse a él como el “autoproclamado Rey del Pop”.
Efectivamente, en 2003, Rolling Stone llegó tan lejos que re-asignó
ridículamente el título a Justin Timberlake. (Para mantener el patrón
histórico, el año pasado sin ir más lejos, la revista diseñó una fórmula
para coronar a Eminem –por encima de Run DMC, Public Enemy, Tupac,
Jay-Z o Kanye West- como el Rey del Hip Hop).
Jackson era bastante consciente de esta historia y luchó
consistentemente contra ella. En 1979, Rolling Stone pasó de hacer una
portada sobre el cantante diciendo que no creían que Jackson mereciera
el status de una portada. “Me han dicho una y otra vez que la gente de
color en las portadas no vende revistas”, dijo Jackson desesperado a sus
confidentes. “Esperen y verán. Algún día esas revistas vendrán a
rogarme una entrevista”.

Jackson por supuesto tenía razón (el editor de Rolling Stone, Jann
Wenner, envió una carta auto-inculpatoria reconociendo el olvido en
1984). Y durante los años 80, al menos, la imagen de Jackson parecía
omnipresente. Aunque a largo plazo, la preocupación inicial de Jackson
parecía legítima. Como se muestra en la lista de abajo, sus apariciones
en las portadas de Rolling Stone –la publicación más visible de Estados
Unidos- son mucho más bajas que las de los artistas blancos:
-
John Lennon: 30
-
Mick Jagger: 29
-
Paul McCartney: 26
-
Bob Dylan: 22
-
Bono: 22
-
Bruce Springsteen: 22
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Madonna: 20
-
Britney Spears: 13
-
Michael Jackson:8 (dos de ellas después de su muerte; una junto a Paul McCartney también)
¿Es realmente posible que Michael Jackson, indiscutiblemente el artista
más influyente del siglo veinte, mereciera menos de la mitad de portadas
que Bono, Bruce Springsteen o Madonna?
Por supuesto, esta falta de atención no estaba limitada a las portadas
de las revistas. Se extendía a todo el reino de la prensa escrita. En
2002, en un discurso en Harlem, Jackson no sólo protestó por su propio
desprecio sino que también se pronunció sobre cómo encajaba en un
linaje de artistas Afro-Americanos que luchaban por respeto:
"Todas
las formas de música popular desde el jazz al hip-hop, desde el bebop
al soul [vienen de la innovación negra]. Puedes hablar de diferentes
bailes como el catwalk, el jitterbug, el charleston, el break dancing...
todas esas son formas de baile negro... ¿Qué sería la vida sin una
canción, sin un baile, sin alegría ni risa ni música? Esas cosas son muy
importantes pero si van a la librería de la esquina, no verán una
persona negra en las portadas. Verán a Elvis Presley, verán a Rolling
Stones... Pero nosotros somos los verdaderos pioneros que empezaron esto
(formas de bailar)."
Aunque fuera algo retórica su queja de que “no había ninguna persona
negra en las portadas”, su amplio punto de vista de la gravemente
desproporcionada representación impresa era incuestionablemente
adecuado. Los libros de Elvis Presley solos exceden en número a los de
Chuck Berry, Aretha Franklin, James Brown, Ray Charles, Marvin Gaye,
Stevie Wonder y Michael Jackson juntos.
Cuando comencé mi libro, Man in the Music: The Creative Life and Work of
Michael Jackson, en 2005, no había ni un libro serio enfocado en la
producción creativa de Jackson. Ciertamente, en el Barnes and Noble más
cercano solo pude encontrar dos libros sobre él, punto. Ambos trataban
de los escándalos y controversias de su vida privada.
Parecía que de la única manera que en que Michael Jackson podía
conseguir una portada era presentándolo como un loco, una curiosidad, un
espectáculo. Incluso las críticas de sus discos, después de Thriller,
se centraban en el sensacionalismo y eran abrumadoramente
condescendientes, cuando no categóricamente hostiles.
Por supuesto, esta pobre cobertura no sólo era por la raza. Los
prejuicios eran a menudo más sutiles, velados y codificados. Estaban
envueltos en la totalidad de su otro yo y combinados con la invención de
los medios “Wacko Jacko”. Además, como señaló astutamente Baldwin, no
estaban completamente desligados de la aprensión hacia su riqueza y
fama, de la ansiedad acerca de sus excentricidades y sexualidad,
confusión sobre su cambio de apariencia, desprecio hacia su
comportamiento infantil y miedos sobre su poder.
Pero la conclusión es esta: de alguna manera, en medio del circo que le
rodeaba, Jackson logró dejar atrás uno de los catálogos más
impresionantes de la historia de la música. Rara vez ha sido un artista
tan hábil en la comunicación de la vitalidad y la vulnerabilidad de la
condición humana: la alegría, la nostalgia, la desesperación y la
trascendencia. De hecho, en el caso de Jackson, él literalmente
encarnaba la música. Se carga a través de él como una corriente
eléctrica. Él mediaba a través de todos los medios a su disposición -su
voz, su cuerpo, sus bailes, los films, las palabras, la tecnología y las
actuaciones. Su trabajo era una comunicación multi-media en una forma
nunca antes experimentada.

Esta es la razón por la que muchos críticos tienden a juzgar su trabajo
contra circunscritos estándares musicales euro-americanos; -a menudo
blancos- y esto es un error. Jackson nunca encaja perfectamente en las
categorías y desafió muchas de las expectativas de los entusiastas del
rock/alternativo. Él estaba profundamente arraigado en la tradición
afro-americana, que es crucial para entender su obra. Pero el sello
distintivo de su arte es la fusión, la capacidad de fusionar estilos tan
dispares, géneros y medios para crear algo totalmente nuevo.
Si los críticos simplemente ponen las letras de Jackson en una hoja de
papel junto a las de Bob Dylan, entonces es probable que encuentren a
Jackson al extremo final. No es que las letras de las canciones de
Jackson no sean sustanciales (sólo en el álbum HIStory, se aborda el
racismo, el materialismo, la fama, la corrupción, la distorsión de los
medios, la destrucción del medio ambiente, el abuso y la alienación).
Pero su grandeza está en su capacidad para aumentar sus palabras
vocalmente, visualmente, físicamente y musicalmente, de modo que el
conjunto es mayor que la suma de sus partes.
Escuchen, por ejemplo, sus vocalizaciones no verbales -los gritos, las
exclamaciones, los gruñidos, los jadeos y la improvisación vernácula
-en la que Jackson se comunica más allá de las restricciones del idioma.
Escuchen su “beat boxing”; cómo estira o acentúa palabras; la forma en
que su voz se mueve desde la aspereza a la suavidad hasta lo sublime;
las apasionadas llamadas y respuestas; la forma en que se eleva con la
misma naturalidad con coros góspel y guitarras eléctricas.
Escuchen sus virtuosos ritmos y ricas armonías; la matizada síncopa y su
firma en los bajos; las capas de detalles y el archivo de sonidos
inusuales. Ir más allá de los clásicos de siempre, y reproducir
canciones como "Stranger in Moscow ", " I Can’t Help It", "Liberian
Girl", "Who Is It" y "In The Back”. Tengan en cuenta el alcance del
tema de que se trata, el espectro de los estados de ánimo y las
texturas, la variedad asombrosa (y síntesis) de estilos. Sólo en el
álbum Dangerous, Jackson se mueve desde el New Jack Swing a la música
clásica, desde el hip hop hasta el góspel, del R&B a lo comercial,
del funk al rock. Era una música sin fronteras ni barreras, y resonó en
todo el mundo.
Sin embargo, no fue sino hasta la muerte de Jackson en 2009, que
finalmente se comenzó a generar mayor respeto y aprecio por parte de los
intelectuales. Es una de las extrañas costumbres de la humanidad, que
sólo se aprecia de verdad el genio una vez que se ha ido. Sin embargo, a
pesar del renovado interés, los desprecios fáciles y la disparidad en
la cobertura en la prensa escrita se mantienen.
Como un competidor a la par que el legendario Muhammad Ali, Michael
Jackson no estaría satisfecho. Su objetivo era demostrar que un artista
negro podía hacer todo lo que un artista blanco podría (y más). Quería
ir más allá de todo límite, ganar cada reconocimiento, romper todos los
récords y alcanzar la inmortalidad artística ("Por eso, para escapar de
la muerte", dijo, "yo ligo mi alma a mi trabajo"). El punto de su
ambición no era el dinero ni la fama, sino el respeto.
Como proclamó valientemente en su éxito de 1991, "Black or White": "tuve
que decirles que yo no soy segundo de nadie” (I had to tell them I
ain’t second to none).

Joseph Voge